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Las tortugas de los Llanos podrán ver miles de lunas llenas

La segunda Convocatoria Nacional de Biodiversidad, proyecto emblemático de la gestión ambiental de Ecopetrol, seleccionó el proyecto Atsapani de investigación y manejo para la conservación de tortugas amenazadas en los humedales llaneros como una de las diez iniciativas de cofinanciación.  Y ya dio sus frutos: cerca de 1.500 tortugas charapa y terecay fueron liberadas en los ríos Meta y Orinoco para repoblarlo y darles a estas especies una nueva oportunidad. La mejor manera de celebrar el Día Mundial del Medio Ambiente.  
 

 

Su información genética está programada desde hace millones de años para que pongan sus huevos en el mismo sitio y nazcan siempre en Luna llena. Nacen de noche porque al abrir por primera vez sus ojos, éstos se orientan hacia el horizonte más brillante.

Pero esos ojos rara vez alcanzan a ver algo más que la Luna. El saqueo que se hace desde la época de la Colonia, cuando su grasa era usada para encender las lámparas de ciudades europeas; el consumo de sus huevos y su carne por parte del hombre y la depredación natural por cuenta de aves, reptiles y mamíferos se une ahora a otra amenaza tal vez mayor: el cambio climático.

 La gran paradoja de su existencia es que sobrevivieron a la extinción de los dinosaurios pero no se tiene la certeza de que resistan esta segunda, orquestada por el ser humano. Desde hace ya varios años, las nidadas que las tortugas hembra entierran en pequeñas y selectas playas de ríos, caños y lagunas de los Llanos de Colombia y Venezuela no alcanzan a convertirse en diminutos reptiles porque el agua arrasa con ellas.

La charapa y la terecay (Podocnemis expansa y Podocnemis unifilis), dos de las especies de tortugas más importantes de Suramérica, ostentan hoy el no menos célebre rótulo de amenaza de extinción. Se encuentran en estado crítico para la Orinoquia colombiana, de acuerdo con la Convención Cites que regula el comercio de fauna silvestre en el mundo.

Por todo esto Ecopetrol escogió el proyecto Atsapani, de investigación y manejo para la conservación de tortugas amenazadas en los humedales llaneros, entre las diez iniciativas de la Segunda Convocatoria Nacional de Biodiversidad, que es una de las estrategias más emblemáticas de Ecopetrol en el ámbito ambiental.

 

Atsapani es ahora una iniciativa que cuenta con la cofinanciación de la empresa para su desarrollo, durante dos años, gracias al beneficio que representa su labor para los ecosistemas del país, en este caso, de los Llanos.

En busca de los nidos

Atsapani lo adelantan las fundaciones Omacha y Palmarito. Sus biólogos, ecólogos y licenciados recorrieron metro a metro 600 kilómetros de borde de los ríos Meta, Bita y Orinoco, en el Vichada.  Entrevistaron a comunidades ribereñas, de pescadores, en las poblaciones de Puerto Carreño, Juriepe, Mateguanábano, Aceitico, Venturosa, Patevacal, Nueva Antioquia y La Virgen.

Y su conocimiento sirvió no solo para saber usos y amenazas sino, incluso, para hacer cartografía social y hasta un calendario reproductivo de las tortugas. Este último lo lograron entrevistando solo mujeres que son las que cocinan las tortugas y las conocen por dentro. Luego son ellas las que saben en qué época están "cargadas" de huevos.

Además de recorrerlas, los expertos sobrevolaron las riberas del Meta y el Orinoco e identificaron 55 playas de anidación. Seis de gran importancia porque varias generaciones de pescadores las referenciaron. Se trata de playas amplias, con un tipo especial de arena suave y suelta, en áreas de remanso del río.


 

"Buscamos rastros, huellas, revisamos la arena y, al final de casi un mes de búsqueda (entre enero y febrero de 2012) sacamos 1500 huevos que, al cabo de 60 días, nacieron. Los huevos fueron rescatados de playas susceptibles de inundación por el invierno  y los llevam,os a playas artificiales construidas con encerramientos para evitar tanto el saqueo  como la depredación natural" dice Sindy Martínez, ecóloga, Coordinadora de Investigación de Tortugas del proyecto Atsapani. 

Saqueo y depredación debieran ser sostenibles pero a estas alturas no lo son porque las tortugas no alcanzan siquiera a nacer en buena parte de los casos.

Guiso de tortuga

Si bien en Colombia no se comen pequeñas, en Venezuela sí son "bocados". La carne de tortuga en los llanos colombianos se consume en ocasiones especiales: fiestas familiares, celebraciones y Semana Santa, porque es considerada como "carne blanca". Todo esto pese a ser conocida la prohibición de su consumo en el país. En Venezuela su consumo es permitido pero está regulado.

De la misma manera, aquí y allá se consumen los huevos: crudos, cocidos o endulzados, como confites. Más por gusto que por necesidad porque la oferta alimenticia de proteína en los Llanos se basa tanto en carne de vaca como en pescado.

"Del lado venezolano es bien conocida la receta de tortuga cocida en su propia caparazón. La cazan, le quitan la parte posterior de la caparazón y se pone al fuego" comenta el lanchero Jacinto Terán, de casi 70 años, que en su niñez alcanzó a conocer gigantescas tortugas y a verlas por cientos en mercados y puertos.

Y si bien de un lado a otro de los ríos las costumbres difieren, da igual la situación porque la presión se ejerce sobre el reptil en todos sus estados (huevo, bebé, en crecimiento adulto, etc) y de lado y lado de los ríos, es decir, tanto en Colombia como en Venezuela.


La nueva vida

Cerca de 30 niños de las escuelas María Inmaculada y Normal Superior de Puerto Carreño fueron los encargados de devolver al agua las tortugas nacidas en playas artificiales del proyecto Atsapani en un pequeño caño tributario del río Meta, el caño Juriepe. Las playas artificiales fueron ubicadas en predios cercanos a los lugares originales de anidación.

Luego  de nacer, las diminutas tortugas fueron repartidas en hogares adoptivos de diferentes habitantes de la zona para que se criaran y se hicieran un poco más fuertes durante dos meses. Cerca de 200 no sobrevivieron. Por efectos de selección natural o malformaciones propias de la especie que aún no han sido investigadas, pero que se consideran dentro de los rangos normales. 

Nunca se revolvieron las diferentes nidadas. Los hijos de cada tortuga madre (ponen entre 80 y 100 huevos más o menos) nacieron y se criaron juntos en el tiempo que estuvieron en hogares de paso.


Una de las nidadas las cuidaron Zenaida y Amadeo, una pareja de pescadores, esposos, habitantes de Patevacal, a una hora del corregimiento de La Venturosa, sobre el río Meta.

Tomaban temperatura y humedad cada dos días, según las instrucciones de los expertos de Omacha y Palmarito y evitaban que los pescadores fueran al lugar. Igual, conversaron con ellos, así como lo hicieron en comunidades, escuelas y colegios los educadores vinculados al proyecto Atsapani.

Así como lo hizo Irene, en la finca La Macoya, cuyo patio da directo al Juriepe. Ella tomó tan en serio su papel de madre adoptiva que, además de dar cartilla a sus vecinos pescadores, pasó su hamaca cerquita al encerramiento que le hicieron los de Atsapani a las tortugas mientras crecían los dos primeros meses de vida.

El primer mes de vida las tortugas no comen nada. Viven de los nutrientes adquiridos durante su etapa de incubación. Un secreto de la naturaleza porque con el tamaño con el que salen al agua, no podrían conseguir alimento.

Con una caparazón ya dura, pero del tamaño de una galleta, una mañana de mayo fueron devueltas al agua, una por una, las tortugas del proyecto cofinanciado por Ecopetrol.

 


Cada niño, antes de ponerlo en el agua, le daba un deseo feliz a cada animalito para que fuera libre siempre y viviera muchos años. Antes de la liberación hicieron tortugas de origami y varios reflexionaron ante sus compañeritos, de entre 8 y 12 años, acerca de lo importante que es tomar de la naturaleza solo lo que se necesita.  Un concepto de sostenibilidad que bien merece hacer parte de la vida de cada ser humano.

Puerto Carreño, Vichada - 4 de junio de 2012 


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